Lo único que me pertenece

Hace un tiempo hablamos sobre los Cinco Recordatorios –les dije a los alumnos de taichi chuan-, esos cinco conceptos del Buda para comprender las cuestiones de la vida. El cuarto dice:

“Los seres y las cosas que amo tienen la naturaleza del cambio. No hay manera de evitar separarme de ellos. Llegué al mundo con las manos vacías y lo abandonaré del mismo modo”.

Este punto dice que la vida es cambiante e impredecible y que no tengo ningún control sobre el mundo que me rodea. Nos ayuda a lidiar con el apego, el miedo a la soledad y a perder lo que amamos. El quinto recordatorio dice:

“Mis acciones son lo único que realmente me pertenece. No puedo huir de las consecuencias de mis acciones. Ellas son el suelo sobre el que estoy parado”.

Este punto habla sobre lo único que es mío y que puedo llegar a controlar: mis pensamientos, mis palabras y mis actos. Pero esto es posible únicamente si estoy atento a mis pensamientos, mis palabras y mis actos. De lo contrario seguiré pensando, hablando y actuando de manera automática, siguiendo hábitos que se fueron instalando a lo largo de mi vida. Aunque sean automáticos y no sea conciente de ellos, esas acciones tendrán consecuencias. “¿Por qué me pasa esto a mí?” nos preguntamos cuando la vida nos da una cachetada y muchas veces ocurre que esa cachetada es consecuencia de algo que hicimos sin darnos cuenta de que lo estábamos haciendo y sin tener en cuenta sus posibles derivaciones.

Esto tiene que ver con algo que quiero contarles, una situación de la que fui testigo hace poco. Estaba en la escuela de mi maestro, que funciona en una plaza como la nuestra. Practicamos bajo un árbol que en esta época del año larga muchas hojas que cubren el suelo y hacen dificultoso el desplazamiento. Un compañero de práctica tomó un escobillón y se puso a barrer el piso. Hacía un tarea de servicio hacia él y los demás. Una compañera de práctica se acercó y empezó a “gastarlo”. En tono de broma le decía: “Aquella zona quedó sin limpiar; cuando termines de barrer no te olvides de planchar la ropa” y otras cosas, como si ella fuera la dueña de casa y él, la empleada doméstica. Conozco a esa chica y sé que no es mala persona. Al ver al otro barriendo podría haber actuado de otra manera; podría haberse plegado a la tarea de limpieza, podría haberse ofrecido a reemplazarlo, podría haber hecho algún comentario estimulante o de gratitud o simplemente podría haber guardado silencio. Pero en cambio inició ese “juego de crueldad”. ¿Por qué lo hizo? Seguramente porque está acostumbrada a hacerlo. Es de esos automatismos que todos tenemos y que como todos los automatismos, tienen la capacidad de volverse invisibles. No nos damos cuenta que hacemos aquello que hacemos por hábito.

Por eso es muy importante poner nuestra atención en lo que decimos; en lo que nos decimos a nosotros mismos y en lo que le decimos a los demás. Porque no sabemos cómo empezó el día la persona que tenemos al lado. Puede ser que haya tenido una muy mala noche, puede ser que haya recibido una terrible noticia, puede ser que esté con dolor de muelas. Aunque sea alguien conocido, no sabemos cómo se siente por dentro y por eso no es bueno empezar el día diciéndole algo agresivo.

Al estar atentos a nuestras palabras podemos crear un ambiente más positivo y estimulante a nuestro alrededor. Por otro lado, el mundo siempre nos devuelve aquello que le entregamos. Por eso es importante dar al mundo palabras y acciones amorosas o compasivas. Tarde o temprano, eso es lo que recibiremos de vuelta.

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Autor: Daniel Fresno

 

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