Las cosas del Karma

por Daniel Fresno

—Hablemos sobre el karma, una palabra que suele ser mal interpretada —dije durante la clase del domingo—. Muchos la entienden como sinónimo de suerte o como un destino marcado por fuerzas externas.

En realidad, “karma” significa “acción” y nos enseña dos cosas:
1. Que nuestras acciones tienen consecuencias y
2. Que no podemos huir de esas consecuencias.

Mi maestro suele usar la metáfora del agricultor para ilustrar el concepto de karma. El agricultor siembra una semilla, cuida el cultivo y tiempo más tarde cosecha los frutos. La siembra de la semilla y el cuidado del cultivo representan las acciones. El fruto cosechado representa la consecuencia.

La metáfora del agricultor permite varias conclusiones::

-Podemos elegir qué semilla sembrar, pero no podemos evitar cosechar sus frutos.

-Las consecuencias de las acciones pueden ser positivas o negativas. Según la semilla que plantemos habremos de cosechar frutos dulces o amargos.

-Entre la siembra y la cosecha puede transcurrir un tiempo muy variable. A veces una acción genera consecuencias inmediatas. Otras veces, entre la acción y la consecuencia pueden pasar muchos años.

Dioses, destino y suerte

El agricultor siembra una vez cada tanto, pero nosotros, las personas comunes, estamos sembrando semillas, realizando acciones, todo el tiempo, a toda hora, todos los días de la vida. Acciones que generarán consecuencias de las que no podemos huir.

Lo más dramático de todo esto es que la inmensa mayoría de las acciones que realizamos son inconcientes. Pero igual tendremos que lidiar con sus consecuencias.

Lógicamente, cuando uno tiene que enfrentar consecuencias de causas que ignora, empieza a creer que su vida está regida por fuerzas externas: la suerte, la casualidad, el destino, una conspiración del Universo o la voluntad divina. 

Esto explica por qué las religiones tienen tantos seguidores. Lo que no tiene explicación aparente, porque ignoramos sus causas, lo explicamos como parte de un plan de Dios.

No es nuestra intención subestimar los múltiples factores que condicionan nuestra existencia. Todos tenemos límites impuestos por la Naturaleza. Todos tenemos límites impuestos por la sociedad y la cultura. No es lo mismo nacer en una familia acomodada que en una villa miseria. No es lo mismo nacer mujer que nacer varón. No es lo mismo nacer mujer en Afganistán que en Argentina. Todos esos factores no se pueden ignorar y nos ponen límites. Pero lo que hace la diferencia es la manera en que percibimos la realidad, la manera en que pensamos y las acciones que emprendemos dentro de los límites que nos tocaron.

La fuerza de la costumbre

Antes decíamos que la mayor parte de nuestras acciones son inconcientes. Esto ocurre porque somos animales de costumbres y buena parte de nuestras acciones son habituales. La mayor parte de las cosas que hacemos y que generan karma, las hacemos sin ser concientes de que las estamos haciendo, porque son un hábito.

El problema es que, como decía Ovidio, no hay nada más fuerte que el hábito. Además de ser fuerte, el hábito es como el camaleón, se camufla de manera que se vuelve invisible y nos cuesta darnos cuenta de que está ahí. Por eso nuestra práctica es tan valiosa, pues nos permite educar y fortalecer la atención, esa lámpara que echa luz sobre todo aquello en lo que se enfoca, por ejemplo, los hábitos.

Culpa y condena

Todo el tiempo estamos sembrando semillas; todo el tiempo estamos cosechando frutos. Si observamos con atención nuestra situación actual, nuestra cosecha, podremos comprender qué acciones del pasado les dieron origen.

Analizar las acciones del pasado genera malestar, especialmente cuando los frutos cosechados son amargos. Algunas personas experimentan culpa al tomar conciencia de que el sufrimiento actual se debe a lo hecho en el pasado. A veces esa culpa es tan insoportable que la persona prefiere renunciar a su responsabilidad y atribuir todo a los factores externos que mencionamos antes, la mala suerte, la sociedad, Dios, etc.

En estos casos la culpa no ayuda a resolver el problema. La culpa y la condena asociada a la culpa nos impide aprender de los errores. La culpa supone que somos inalterables e incapaces de aprender y de cambiar. De hecho, muchas personas atormentadas por la culpa argumentan cosas como: «Es cierto, actué mal, pero ¿qué le voy a hacer? yo soy así.». Esa es la voz del juez que, convencido de que el delicuente es irrecuperable, lo condena a cadena perpetua.

Torcer el destino

Por cierto, la realidad es otra. Todos somos capaces de cambiar. Somos seres en constante transformación y cambiamos aunque no lo querramos. No somos hoy los mismos que cuando empezó la pandemia. No somos los mismos que cuando éramos adolescentes. Y durante la adolescencia ya éramos muy distintos a cuando éramos niños. Somos como el río de Heráclito y el cambio está en nuestra naturaleza.

No hay ninguna obligación de cambiar; podés seguir haciendo lo mismo y cosechando los mismos resultados de siempre. Si te gustan los frutos amargos ¿para qué cambiar? Pero si querés cosechar otro tipo de frutos conviene que investigues qué semillas estuviste sembrando. Seguramente al final de esa búsqueda encontrarás hábitos muy arraigados que guiaron tu conducta. Nuestra práctica brinda herramientas muy poderosas para echar luz sobre esos hábitos, reconocerlos, comprenderlos y dejar de alimentarlos.

El concepto de karma tiene además un aspecto muy poderoso y esperanzador: no estamos condenados a seguir un destino prefijado; podemos elegir qué semillas vamos a sembrar hoy y de esa manera construir un futuro diferente. Creo que todos los interesados en el cultivo espiritual buscamos actuar con plena conciencia y no de manera compulsiva. Echar luz sobre los hábitos que condicionan nuestra conducta es parte fundamental del camino espiritual. De esta manera podremos cortar las cadenas de los hábitos y mandatos ocultos para que nuestra vida pueda desplegar todo su potencial.

Sufrimiento y cambio

—Cuando hablás de los hábitos viene a mi mente el caso de los niños y adolescentes que pasan horas frente al celular o los videojuegos y desarrollan desviaciones posturales —dijo Gabriela—. ¿Qué se puede hacer para ayudar a esos chicos?

—Es importante que desde temprana edad los chicos tengan actividad física que le permita mover y experimentar el cuerpo. Al igual que la alimentación y la educación, este tema debe ser una decisión de los adultos responsables. La actividad física no puede ser una cosa que el chico hace «si tiene ganas», conviene que sea parte de la rutina diaria o semanal. De esta manera se convertirá en un hábito saludable.

Claro que será mucho más fácil que el niño acepte la actividad física si ve que los adultos también la practican. La mejor manera de educar es a través del ejemplo. Si los chicos no tienen actividad física regular, se instalará el hábito del sedentarismo.

—¿Qué hace que alguien abandone un mal hábito? —preguntó Gabriela—. ¿El sufrimiento que provoca?

—A veces el sufrimiento no basta. El hábito muy arraigado puede provocar sufrimiento, pero también brinda seguridad. Ante la incertidumbre de la vida la gente es capaz de cualquier cosa para tener algo de seguridad, incluso seguir haciendo algo que le hace daño, pero que es familiar, conocido y predecible. Un refrán popular lo resume así: «Mejor malo conocido que bueno por conocer».

Creo que el principal motor de la transformación no es el sufrimiento, sino el deseo de cambiar. Cuando la persona tiene el deseo es capaz de enfrentar todos los desafíos del camino espiritual.

Gracias por escuchar.