Liberarnos del odio y el resentimiento_1

por Daniel Fresno

Durante los encuentros de meditación leimos un texto que hablaba sobre la importancia de liberarnos del odio y desplegar la compasión hacia aquellos que nos hicieron sufrir. Una de las participantes dijo que había sentido una fuerte presión en el pecho y que le costaba mucho deshacerse de un antiguo y muy arraigado resentimiento.

Todos alguna vez «chocamos» con otra persona y resultamos heridos. Todos alguna vez experimentamos enojo u odio hacia alguien que nos hizo sufrir. Todos algunas vez sentimos el deseo de vengarnos, de retribuir el daño recibido. En nuestra cultura la venganza ocupa un lugar importante. Se la presenta como un acto reparador, un instante de justicia. La literatura y el cine muestran la venganza como algo atractivo. A lo largo de la película el héroe va preparando su venganza hasta que al final logra consumarla en un orgasmo de violencia liberadora después del cual emerge en cámara lenta, cansado pero satisfecho.

La venganza a veces se hereda y se transmite de una generación a otra como si fuera un bien familiar. El odio, el deseo de venganza en muchos casos es una marca de identidad. «En mi familia siempre fuimos anti-xxxx», dicen varios con orgullo. Cuando el odio y el deseo de venganza se mantienen activos durante mucho tiempo se convierte en resentimiento. A algunos les cuesta liberarse del resentimiento porque pasaron tantos años en su compañia, que no pueden imaginar la vida sin él.

Dejar de propagar el virus

El enojo, el odio, el resentimiento se transmiten como un virus, especialmente en nuestra sociedad que fomenta esa modalidad de «sacar hacia afuera» el malestar. Una persona portadora del enojo nos agrede y eso nos provoca enojo y, aunque no expresemos nuestro enojo contra esa persona, probablemente lo descarguemos sobre otros que no tenían nada que ver, y así el enojo y el odio se difunde como en una epidemia.

En general, nos venden la idea de que una vida llena de grandes odios es una vida intensa y llena de sabor. Pero en realidad es una vida llena de sufrimiento. Sufrimiento para el que lo padece y para los que están alrededor. Hay una frase que se le atribuye al Buda que ilustra esto muy bien: «El odio es un veneno que uno bebe creyendo que el otro va a morir».

El enojo y el resentimiento amargan la vida y envenenan la sangre del portador. También quitan libertad. Nelson Mandela, que estuvo preso por el régimen racista sudafricano durante 27 años, dijo: «Al salir por la puerta hacia mi libertad supe que, si no dejaba atrás toda la ira, el odio y el resentimiento, seguiría siendo prisionero».

¿Qué significa liberarse del odio y el resentimiento?

Liberarnos del odio es algo saludable, pero no significa «sacarlo afuera» y descargarlo contra otros. Tampoco significa dejar que «explote adentro». Veamos entonces qué significa:
– Significa liberarnos de la amargura y del sufrimiento que implica revivir continuamente el episodio traumático como si estuviera ocurriendo una y otra vez en el presente.
– Significa cortar el lazo emocional que nos mantiene unidos al episodio traumático y a la persona que nos hizo sufrir
-Significa dejar de tomar el veneno y permitir que nuestra vida siga su camino y florezca en todo su potencial.

Es importante aclarar también que liberarnos del odio y el resentimiento
No significa ignorar u olvidar el daño ni a la persona que lo cometió. Es fundamental no olvidar lo ocurrido, porque eso nos permitirá aprender de la experiencia, evitar que se repita y obtener gran sabiduría.
No significa liberar de responsabilidad a quién nos hizo daño. Si el daño cometido está penado por la ley la persona deberá responder ante la justicia. Si esa persona defraudó nuestra confianza y quiere recuperarla, deberá pedir perdón, demostrar auténtico arrepentimiento y realizar acciones que demuestren que podemos volver a confiar en ella.
No significa no hacer nada. Cualquiera sea la naturaleza del choque con la otra persona es indispensable actuar. Si el choque pone en riesgo la integridad física, hay que actuar inmediatamente y defenderse. Para eso aprendemos artes marciales. Si el conflicto no implica violencia física, según las circunstancias habrá diferentes estrategias.

¿Cómo se hace?

Si nos damos cuenta de que el odio y el resentimiento crecen dentro nuestro ¿cómo hacer para dejar de alimentarlos? Estas son algunas estrategias que pueden ayudar, todas ellas basadas en la comprensión.

Comprender el sufrimiento del otro. Cuando pensamos en la persona que nos hizo daño resulta muy fácil verla como la encarnación de todos los defectos y las maldades. Es muy difícil imaginarla como alguien que está sufriendo. Sin embargo, es importante comprender que, cuando una persona tiene una vida plena, llena de sentido, cuando se siente en paz consigo misma y con el mundo, no anda por ahí lastimando a los demás. La persona que provoca sufrimiento a otros a través de la palabra o la acción es una persona que está sufriendo. Y al igual que nosotros cuando estamos sufriendo, trata de liberarse de ese sufrimiento. Muchas personas hacen daño a otros creyendo que así van a aliviar su sufrimiento. Ese es el combustible que alimenta el fuego de la venganza: sufro porque el otro me hizo daño y le devuelvo el daño creyendo que así habré de aliviar mi sufrimiento.

Así como el otro nos hizo algo que nos provocó sufrimiento, cada uno de nosotros también alguna vez le hizo daño a otro. Solemos recordar con fuerza las heridas recibidas, pero nos cuesta recordar las veces que ofendimos a otro. ¿Recuerdan haber hecho algo así? Yo sí recuerdo haber pensado y deseado dañar a otras personas, Recuerdo haber dicho palabras hirientes. Recuerdo haber realizado acciones que provocaron sufrimiento a otros. Y en todas esas oportunidades creía que así iba a aliviar mi sufrimiento.

Como dijimos antes, con esto no estamos justificando la mala acción del otro, pero tomar conciencia de su sufrimiento y de que nosotros también somos capaces de hacer daño, nos ayuda a tomar distancia y ver en perspectiva la conducta del otro. Y así dejamos de alimentar la semilla del odio y el resentimiento.

Nada de esto es sencillo; tampoco es un mandato. Liberarnos de las cadenas del odio y el resentimiento lleva tiempo y conviene tener paciencia para permitir que las heridas se ventilen y sanen. Es un tema largo y complejo y vamos a seguirlo en el próximo encuentro.

Gracias por escuchar.