Recuperar la conexión perdida

por Daniel Fresno–—

Estos ejercicios que estuvimos haciendo —dije al terminar la práctica de tao yin—, no los inventé yo. Son parte de una serie diseñada por mi maestro, el Sr. Chao Piao Sheng. Ayer justamente estábamos leyendo su libro “Vibrando en la Naturaleza” y alguien del grupo preguntó: “El maestro siempre dice que el practicante debe conectarse con la Naturaleza, pero ¿cómo se hace eso?”.

Es una pregunta muy válida. Hay conceptos muy bonitos circulando por ahí, pero no siempre queda claro cómo se hace para llevarlos a la práctica. Pero antes de seguir conviene definir “Naturaleza”. Buscando en Internet, encontramos dos definiciones.

La primera dice que Naturaleza es: “El principio generador del desarrollo armónico y la plenitud de cada ser”. La segunda dice: “Conjunto de las cosas que existen en el mundo, regidas por leyes propias y que se producen o modifican sin intervención del ser humano”.

Como en el caso de las muñecas rusas, nosotros vivimos dentro de un pequeño universo, que es nuestro cuerpo-mente, que a su vez existe dentro de un universo más amplio, que es el planeta Tierra, que a su vez existe dentro de un universo más grande. El primer paso para conectarnos con la Naturaleza consiste en conectarnos con nuestra propia Naturaleza, con el universo interior de cada uno.

Y la herramienta que usamos para explorar ese universo cuerpo-mente es la atención. Por eso, antes de empezar la clase decimos que vamos a movernos con plena conciencia de la respiración y de lo que estamos haciendo y sintiendo con el cuerpo. Lo que buscamos con esto es unir, integrar, sincronizar, conectar, la mente, el cuerpo y la respiración.

Educamos y entrenamos nuestra atención para volverla cada vez más potente. A la atención que es capaz de sostenerse en el tiempo la llamamos concentración. Este maravilloso atributo mental funciona como una lámpara que ilumina todo a su alrededor. A medida que nuestra concentración aumenta, también aumenta el área iluminada. Cuando la luz es potente, descubrimos esas cosas que había alrededor nuestro, en nuestra vida, pero que estaban ocultas en la oscuridad. Así comienza el proceso de transformación.

Algo que puede ayudarnos en el proceso de conexión con nuestra Naturaleza es comprender de qué manera la fuimos perdiendo. Porque hubo un tiempo, cuando éramos chicos, en que estábamos conectados con ella. De manera que a este proceso sería más correcto llamarlo “reconexión” con nuestra Naturaleza interior.

A medida que crecemos y empezamos a integrarnos al mundo, nos vamos alejando de ella. Seguramente todos recuerdan algo de ese proceso. Durante mi infancia yo tenía un vínculo intenso con mi universo interno y al salir al mundo exterior descubrí la cruel realidad de que la moneda que yo estaba acostumbrado a usar no tenía ningún valor en el mundo exterior.

Así, movido por el deseo de integrarme y encontrar mi lugar en el mundo, fui alejándome de mi Naturaleza. A veces esa desconexión es necesaria porque de lo contrario es imposible avanzar en ese territorio que uno desea conquistar.

Un ejemplo de esto es lo que me pasó cuando, siendo adolescente, empecé a fumar. Yo quería desarrollar una personalidad, tenía modelos que me inspiraban y casi todos incluían el cigarrillo. En aquella época no existía la condena social al tabaco y el cigarrillo era símbolo de seguridad, elegancia, sofisticación y éxito con el sexo opuesto. Además el fumar implicaba la posibilidad de ser aceptado en círculos donde también se fumaba.

Fue así que un día encendí un cigarrillo y aspiré el humo e inmediatamente mi cuerpo reaccionó con una tos muy fuerte. Mi Naturaleza rechazaba el humo y con la tos me estaba diciendo: “Por favor, Daniel, no aspires ese humo que me hace daño”. Pero yo estaba decidido a aprender a fumar y desconecté la alarma que estaba sonando. Si quería incorporar el hábito del tabaco tenía que ignorar el mensaje de mi cuerpo.

Y así ocurre con todo lo demás. Nos vamos desconectando de nuestro mundo interno convencidos de que por ese camino podremos conquistar el mundo exterior. En este proceso luchamos y buscamos refugio en el dinero y los bienes materiales, en los placeres sensoriales, en el prestigio social y en las palabras elogiosas. Pero después de unos años, cuando hacemos un balance de nuestra vida, descubrimos que esos refugios que creíamos seguros, no lo son. Además, nos llega la factura de la desconexión con nuestra Naturaleza, en forma de enfermedad. Empezamos a sospechar que debe haber algo más allá del dinero, la comida, el sexo, los viajes, las fiestas, el reconocimiento y el prestigio.

Entonces buscamos reconectarnos con nosotros en busca de ese “principio generador” al que hace referencia la primera definición de Naturaleza. Ese principio es el núcleo luminoso de amor y compasión que arde en cada ser vivo. Eso buscamos cuando iniciamos el camino espiritual.

La herramienta que vamos a usar en ese recorrido es la concentración. Para entrenar la concentración vamos a enfocarnos en esos procesos que ocurren sin nuestra intervención, como dice la segunda definición de Naturaleza. El primer proceso en el que enfocaremos la atención es la respiración. Así de simple y de potente es este método: observar y sentir con una actitud atenta, curiosa y ecuánime. Pero para que la atención pueda trabajar mejor necesitamos que cese la agitación; necesitamos generar quietud y silencio. Por eso es tan valiosa la meditación y otras prácticas meditativas. Por eso ahora vamos a dejar de hablar para hacer chan chuang.

Gracias por escuchar.