¿Turista o inmigrante ?

taichi en parque los andes
Hay una historia que suele contar el comediante Emilio Lovera. Él lo hace con mucha gracia y detalle, pero aquí la vamos a resumir.

Un tipo muere y va al Cielo. Lo recibe Dios, quien le muestra todas las comodidades del Edén y lo deja en su habitación para que se vaya acomodando. Al cabo de unos días, el tipo empieza a aburrirse de tanta paz y armonía. Va a verlo a Dios y le confiesa su malestar.

-Si no estás seguro de cuál es el mejor sitio para tí, puedes ir a conocer el Infierno y comparar -dice El Creador-. Si luego de conocer el Infierno, eliges quedarte aquí, serás bienvenido.

El tipo agradece a Dios su buena onda, toma el ascensor y baja hasta el Infierno. Al llegar es recibido por el Diablo, quien le muestra sus dominios. Por todas partes hay cosas maravillosas y deseables: comida, bebida, sexo y diversión constante y variada, etc. Cada rincón del Infierno ofrece algo atractivo, estimulante y novedoso. El tipo llega a la conclusión de que ese lugar es mil veces mejor que el Cielo. Entonces, toma el ascensor y sube para hablar con Dios.

-Vengo a despedirme -dice el tipo-. Esto está bien, pero prefiero ir abajo; allá se vive mejor. Saludos y muchas gracias.

Vuelve a entrar en el ascensor y baja hasta el Infierno. Al llegar, descubre con sorpresa que todo ha cambiado. El Infierno es un sitio horrible, lleno de fuego, olor a azufre, dolor, arrepentimiento y almas en pena. Mientras unos demonios lo azotan y pinchan con tridentes, el tipo ve pasar al Diablo y le grita:

-Ey, señor Diablo. Este sitio es horrible; no tiene nada que ver con lo que usted me mostró antes.

-Eso es para que aprendas -responde el Diablo-. Una cosa es ser turista y otra muy diferente es ser inmigrante.

Aquí termina el cuento.

El taichi chuan es un país enorme y profundo. Uno puede ir de visita como turista o puede seguir el camino del inmigrante. El turista es el que viaja, se deja llevar por un guía, conoce lugares bonitos especialmente pensados para el turismo, come comidas exóticas, se saca fotos, compra souvenires y luego de unos días regresa a su país, donde vuelve a ser el mismo de siempre. Mostrará fotos y videos a sus amigos, contará anécdotas y presumirá de “conocer” tierras lejanas.

La vida del inmigrante, en cambio, es muy dura; tiene que pagar un alto precio para lograr la ciudadanía. Empieza desde abajo, come cuando puede, descubre lo lindo y lo feo. Al inmigrante se le exigen sacrificios y compromiso. Vive experiencias que lo transforman y que ningún turista llega a imaginar, pero a cambio, logra un conocimiento profundo y auténtico de ese país que eligió.

Vale aclarar que ninguna de la dos opciones es gratis; tanto el turista como el inmigrante tienen que pagar. Pero lo que compra uno es bien distinto de lo que compra el otro. Habría que preguntarse: ¿Qué camino estoy siguiendo? ¿El del turista o el del inmigrante?

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