Las dos alas de la paloma

por Daniel Fresno–
¿Por qué sentís que trabajás más que tus padres pero vivís peor? ¿Por qué la vivienda que ellos compraron con tres años de salario ahora te tomaría veinte? ¿Por qué las generaciones más jóvenes se sienten estancadas, sin futuro y no quieren tener hijos?
La respuesta está en una antigua pregunta que alguien le hizo a un sabio: «¿Qué es más importante? ¿La sabiduría o la compasión?»
El sabio respondió con otra pregunta: «¿Qué es más importante para que la paloma vuele? ¿El ala derecha o el ala izquierda?»
Tras un breve silencio el sabio continuó: «Ambas son necesarias y debe haber armonía entre ellas. Si no hay sabiduría, la compasión puede hacer mucho daño creyendo que estamos ayudando. Si no hay compasión, la sabiduría puede ser muy cruel».
Volviendo a la imagen del pájaro: si eliminamos una de las alas, la capacidad de volar de la paloma no se reduce a la mitad. Con una sola ala simplemente no vuela.
El equilibrio como principio universal
Este mismo principio de equilibrio que los antiguos observaron en la naturaleza determina también la salud de nuestras sociedades. El taoísmo enseña que el universo descansa sobre el equilibrio entre dos fuerzas opuestas y complementarias: yin y yang. Las dos alas de la paloma.
Este equilibrio dinámico entre dos energías opuestas y complementarias se da en la naturaleza, en nosotros mismos, y también en la forma en que organizamos nuestras comunidades.
Durante los nueve meses de gestación los humanos tenemos todas nuestras necesidades básicas satisfechas. Mamá se ocupa de eso. Pero al salir del seno materno el oxígeno y el alimento dejan de llegar. Y ahí experimentamos dos emociones opuestas e intensas: miedo y deseo. Sentimos miedo al sabernos impotentes para satisfacer nuestras necesidades básicas. Al mismo tiempo sentimos un intenso deseo de vivir.
El miedo y la esperanza de satisfacer el deseo nos acompañan toda la vida y funcionan como las dos alas de la paloma. Lo que nos hace salir de la cama por la mañana es una combinación de miedo y esperanza de satisfacer el deseo. Y lo mismo que ocurre con los individuos, ocurre con las sociedades.
El equilibrio que funcionó
En el siglo 20 el mundo capitalista también funcionaba a fuerza de miedo y esperanza. ¿Cuál era el miedo del pueblo? El desempleo, el hambre, la guerra o la cárcel. ¿Cuál era su esperanza? Progresar y lograr un mejor futuro para los hijos.
Por su parte, las élites económicas acariciaban la esperanza de acumular más dinero y poder, pero tenían miedo del comunismo. Este miedo convenció a quienes concentraban la riqueza de la necesidad de darle al pueblo una porción de la torta un poco más grande. Es lo que se conoció en América y Europa Occidental como Estado de Bienestar.
Durante muchos años el pueblo y los ricos prosperaron bajo el Estado de Bienestar. Entre 1945 y 1980, en Estados Unidos, el salario real de un trabajador promedio creció un 75%. En Francia y Alemania, los trabajadores conquistaron semanas laborales de 35 horas, vacaciones pagadas de cinco semanas, y sistemas de salud universal. La paloma volaba alto.
La ruptura del equilibrio
Pero algo cambió a partir de 1989. El equilibrio empezó a romperse con la caída del Muro de Berlín, la disolución de la Unión Soviética y la desaparición de la amenaza comunista.
¿Qué es lo que cambió? Básicamente, las élites económicas encontraron nuevas formas de acumular poder sin los contrapesos que antes limitaban su influencia. El deseo de ganar más dinero y más poder ya no encontró el límite que imponía el temor a que el pueblo hiciera la revolución.
Los números cuentan la historia: en 1980, el 1% más rico de Estados Unidos poseía el 8% de la riqueza nacional. Hoy posee más del 35%. Mientras tanto, el salario mínimo ajustado por inflación ha perdido un 30% de su poder adquisitivo desde los años 70. Una casa que en 1970 costaba el equivalente a 2.5 años de salario promedio, hoy cuesta 7 años de salario.
¿Para qué mantener impuestos progresivos entonces? ¿Para qué sostener la educación y la salud pública si se puede privatizar todo y quedarse con una porción más grande de la torta?
Esta nueva situación generó un desequilibrio parecido pero opuesto en el pueblo. Al reducirse la porción de la torta, las condiciones de vida de la gente empeoraron. A diferencia de los viejos tiempos en los que cada generación progresaba más que la anterior, los jóvenes hoy sienten que están peor que sus padres. Las posibilidades del pueblo de adquirir bienes, comprar una vivienda, se redujeron drásticamente.
Así como desapareció el miedo de quienes concentran el poder, y solo quedó su deseo de ganar más, está desapareciendo la esperanza del pueblo y solo le queda el miedo.
El desequilibrio global
A nivel planetario ocurre algo similar. Observamos cómo las potencias más poderosas actúan con menos restricciones respecto al derecho internacional. Vemos invasiones que quedan sin consecuencias reales, sanciones económicas que castigan a poblaciones enteras, intervenciones militares justificadas con mentiras que luego se reconocen abiertamente. Cada potencia imperial hace y deshace a su antojo en lo que considera su zona de influencia.
Parece que estamos regresando a dinámicas donde la fuerza prevalece sobre el acuerdo, donde quienes están en la cima de la pirámide del poder actúan sin las limitaciones que alguna vez impusieron las instituciones internacionales o la presión de bloques alternativos de poder. Rige la ley del más fuerte.
Recuperar el vuelo
Que las élites económicas hayan perdido los contrapesos que limitaban su poder no va a traer nada bueno. Que los pueblos estén perdiendo la esperanza no va a traer nada bueno.
El equilibrio se rompió y tarde o temprano el sistema va a colapsar generando más sufrimiento aún.
Pero aquí está lo importante: recuperar el equilibrio no es solo una tarea política o económica. Comienza en nosotros mismos.
Cultivar tanto la sabiduría para comprender estos sistemas como la compasión para no deshumanizar a quienes piensan diferente. Reconocer que el miedo sin esperanza paraliza, y que la esperanza sin realismo es ingenuidad.
Cada vez que elegimos la cooperación sobre la competencia despiadada, estamos plantando una semilla. Cada vez que nos organizamos en nuestras comunidades para recuperar espacios comunes, para generar redes de ayuda mutua, estamos construyendo un ala. Cada vez que exigimos que las instituciones y los líderes vuelvan a servir al bien común y no solo a los intereses concentrados, estamos fortaleciendo la otra ala.
El cambio personal y el cambio colectivo son inseparables. Son las dos alas de la misma paloma. Y es necesario que la paloma vuelva a volar.
Gracias por leer.
Que tengas paz y alegría.






