¿Dónde buscamos refugio?

—Una alumna me contó que su mamá es una persona mayor y que no tiene ganas de salir de casa —dije durante el encuentro de Fusión—, ni proyectos para emprender y que además sus amistades se están muriendo, y eso la pone triste y profundiza su desánimo.

Es muy común encontrar personas mayores en una situación como esa. Y no necesariamente significa que estén sufriendo. Desde afuera podemos pensar que esa persona está atravesando una mala experiencia y tal vez nos equivoquemos. A veces nos imaginamos que una buena vejez debería parecerse a las propagandas de pañales para adultos, en las que los ancianos bailan, andan a caballo, se tiran a una piscina y hacen todo eso a las carcajadas. Pero algunos ancianos se sienten cómodos haciendo nada y recordando viejos tiempos. La verdad es que no hay una manera correcta y otra incorrecta de envejecer

Pero si uno desea tener una vejez activa, realizando actividades significativas para uno y para los demás, conviene prepararse ahora, antes de que llegue la vejez. Es importante comprender que estamos en constante transformación y que lo que hoy queremos y podemos hacer, en el futuro tal vez no querramos ni podamos hacerlo. Por eso conviene preguntarse: ¿qué voy a hacer cuando sea viejo? ¿Estoy adecuadamente preparado para la vida que quiero llevar cuando sea viejo? Si ahora soy boxeador es probable que a los 70 años no pueda boxear y sería bueno que planifique mi vida de anciano, estudiando o preparando las condiciones para esa etapa de mi vida.

Estamos educados para volcar nuestra atención y esfuerzos hacia el mundo exterior y perdemos contacto con nuestro universo interno. La vida está llena de momentos difíciles. A veces nos encontramos en medio de un huracán y lógicamente buscamos refugio, pero en lugar de buscar uno sólido, nos escondemos en una choza de paja. Ante las tormentas de la vida buscamos seguridad en el dinero y los bienes materiales, en los placeres sensoriales, en los elogios y las palabras dulces o en el prestigio social, sin darnos cuenta de que son todos refugios frágiles y transitorios. Cuando se vienen abajo sufrimos mucho.

Si buscamos refugio en el dinero y los bienes materiales, nos sentimos seguros si ganamos plata, pero esa sensación dura poco, porque inmediatamente surge el sufrimiento derivado del miedo a perderla. Cuando llega la vejez y ya no tenemos tanto dinero también sufrimos al ver cómo se desmorona ese lugar que creíamos seguro.

Si buscamos refugio en el prestigio social y los amigos, sufrimos por el miedo a perderlos y por las insensateces que a veces cometemos para conservarlos. Cuando llega la vejez y los amigos se van muriendo y cuando ya no podemos sostener el prestigio social que tanto nos costó mantener, sufrimos más todavía.

El refugio más seguro lo vamos a encontrar dentro de nosotros. Es esa luz de amor y sabiduría que brilla dentro de cada ser vivo. Cuando éramos muy chicos tuvimos una conexión estrecha con ella, pero a medida que fuimos creciendo e integrándonos a la sociedad perdimos contacto.

No se trata de renunciar a los placeres sensoriales, al dinero, a los elogios y al prestigio social. Está muy bien disfrutar de ellos, pero si no comprendemos su naturaleza efímera y transitoria, se convertirán en adicciones, y ya no serán motivos de disfrute, sino causa de sufrimiento.

La luz interior de amor y sabiduría siempre va a estar con nosotros, dando respuesta a las preguntas difíciles e iluminando nuestro camino hasta el último instante. Pero ¿cómo recuperar la conexión con el mundo interno? Volcando la atención hacia adentro y aquietando la mente. En la medida en que podamos reducir el ruido mental, esa voz interior empezará a manifestarse. Dejó de hacerlo porque en algún momento de la vida volcamos toda nuestra atención hacia afuera y ella no habla a quien no la escucha.

La meditación y las prácticas meditativas como el taichi chuan, chi kung y chan chuang son herramientas muy útiles para reestablecer esa conexión perdida.

—¿Qué pasa si mirando hacia adentro uno se encuentra con algo desagradable? —preguntó Guillermo.

—El camino del autoconocimiento requiere del deseo; hay que tener ganas de emprenderlo —dije—. Y también hace falta coraje para lidiar con los monstruos que inevitablemente van a aparecer. El campo de la mente es fértil y está lleno de semillas, algunas son semillas de compasión, sabiduría y coraje; otras son semillas de odio, codicia, miedo e ignorancia. Es valioso reconocer unas y otras y los frutos que van a dar. Investigar y comprender cómo llegaron ahí; algunas fueron sembradas por nosotros, otras por la familia, otras por la escuela o los medios de comunicación. Luego de haberlas identificado, conviene dejar de alimentar aquellas semillas que conducen al sufrimiento y nutrir aquellas que van a dar buenos frutos.

Gracias por escuchar.

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Autor: Daniel Fresno