No hay un único camino

Un alumno está siguiendo una carrera terciaria a un ritmo más lento que la mayoría de los estudiantes.

-Tengo compañeros que empezaron conmigo, se graduaron muy rápido y ya están trabajando -me dijo, antes de empezar la clase de taichi chuan-. Son tipos que tienen una familia que mantener. Yo en cambio voy más lento porque no tengo esposa ni hijos.

-A veces, la llegada de los hijos hace que uno se esfuerce más -dije-. Cuando fui padre por primera vez tuve la certeza de que mi vida había cambiado para siempre y al día siguiente estaba trabajando y buscando nuevos trabajos con un impulso que nunca habia experimentado.

-Algunos dicen que un hombre debe casarse y tener hijos para dejar atrás la niñez y convertirse en adulto -agregó.

-A veces es así. El matrimonio y la paternidad son excelentes oportunidades para desarrollar la capacidad de amar y ejercer la compasión. Uno deja de pensar en sí mismo y empieza a pensar y actuar en función del bienestar y la felicidad del otro. Eso hace que uno madure. Mucha gente le huye al compromiso que implica formar una familia porque vive atrapada en su egoísmo y van por la vida como eternos adolescentes.

-Pero, si bien el matrimonio y la paternidad son caminos de crecimiento espiritual, no son los únicos. Hay gente que concentra todo su amor en ayudar al mundo y no tienen tiempo ni energía para formar una familia. La historia está llena de médicos rurales, maestras, monjas, que dedicaron su vida combatir la ignorancia y aliviar el sufrimiento y que nunca se casaron ni tuvieron hijos.

-Por otro lado, el matrimonio no garantiza que uno se vuelva un adulto responsable y amoroso. La enorme cantidad de separaciones, divorcios e hijos abandonados que hay muestra la incapacidad de cumplir con el compromiso asumido al casarse. El matrimonio y la paternidad son una oportunidad para entrenar el amor, pero no todos saben aprovechar esa oportunidad y, lejos de madurar, siguen siendo como niños centrados en sí mismos, incapaces de dar, escuchar y comprender. Sería bueno que en las escuelas hubiera educación para el amor.

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Autor: Daniel Fresno

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