Si Bruce Lee estuviera aquí

Estábamos practicando chin na. Dos palancas diferentes ante un agarre de muñeca cruzado. Habíamos repetido la maniobra varias veces. Los alumnos pudieron ver cómo era la aplicación desde afuera, la practicaron conmigo y también entre ellos.

En un momento le pedí al alumno A que sujetara de la muñeca al alumno B para que éste pudiera aplicar la palanca. A tomó a B de la muñeca y B se quedó como congelado a pesar de haber practicado la maniobra varias veces. Le dije:
—Dale. ¿Por qué no hacés la técnica?
—Estoy pensando —dijo B.
—Si Bruce Lee estuviera aquí, te daría un coscorrón y diría: “No pienses; ¡¡siente !!”

Aquel mandato imperativo de Bruce Lee podría traducirse también como “experimentá”, “investigá”, “no pienses en la teorìa, ponela a prueba”. Es que la única manera de conocer algo de verdad es a través de la propia experiencia.

Puedo leer decenas de libros y mirar videos sobre las mandarinas. Puedo ser capaz de hablar con solvencia durante horas sobre las mandarinas. Pero si nunca toqué, olí, pelé, mordí, chupé, escupí las semillas, mastiqué, saboreé y digerí una mandarina, solo tendré un conocimiento superficial sobre el tema.

Muchas personas valoran la información adquirida a través de la lectura y el trabajo intelectual porque les da seguridad; les da la sensación de que “saben” y saber es agradable. No es nuestra intención devaluar lo intelectual. Por el contrario, los modelos teóricos, los paradigmas, los conceptos, las doctrinas, las ideologías son muy valiosos porque ayudan a entender ciertos aspectos de la realidad, pero no son la realidad. Son los lentes de colores de los que hablamos hace poco (ver nota).

La realidad es compleja, cambiante y escurridiza. No se deja atrapar fácilmente por las teorías y los conceptos. Estos valiosos recursos intelectuales se pueden transformar en obstáculos cuando los usamos como refugio. Cuando la comodidad de la teoría no me deja salir a explorar y experimentar en busca de la verdad, se convierte en una jaula de oro.

Cuando era chico y vi “Operación Dragón” y otras películas de Bruce Lee creí haber descubierto EL arte marcial chino, así con mayúsculas. En mi mente el wushu quedó claramente definido, con fronteras sólidas que permitían distinguir lo que era auténtico, lo que era tradicional, lo que era ortodoxo, de aquello que no lo era. En realidad tenía muy poco conocimiento real sobre el tema, pero como buen ignorante, estaba completamente seguro.

Esa sensación de seguridad era agradable y me daba certezas bien firmes. Como si fuera un experto, podía decir cosas como: “Eso no es wushu porque están descalzos; los estilos chinos se practican con calzado”, “Aquello no es taichi porque no respeta el principio de Coso”.

Pero seguí buscando y descubrí que las cosas eran más complicadas, que las definiciones no siempre son capaces de atrapar una realidad intrincada y en constante transformación. Por suerte.

Lo mismo pasa en el chin na. Las definiciones de manual pueden servir como ayuda-memoria, pero no sirven para comprender la técnica en profundidad. Es indispensable sentir cómo el maestro nos hace caer en la “trampa” de la palanca. Explorar el ángulo justo en el que la técnica funciona. Sentir cómo la articulación llega a su límite y descubrir cómo salir de la técnica antes de que la “trampa” se cierre. Sentir, experimentar, explorar, practicar.

Gracias por leer.

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Autor: Daniel Fresno