Lo único que nos llevamos de aquí

por Daniel Fresno

—En la clase de chi kung de ayer algunos alumnos recordaron la figura de Mario Wainfeld, un periodista recientemente fallecido —dije durante la clase de taichi chuan—. Wainfeld era un tipo amable que generaba un clima cálido y estimulante allí donde le tocara trabajar y por eso su partida generó tantos comentarios sentidos entre colegas y seguidores. Quiero destacar la frase final con la que Nora Veiras, su compañera de trabajo, lo despide: «Lo vamos a extrañar. Siempre nos va a acompañar su agudeza, su calidad humana y su ternura.»

En esta frase se resumen dos sentimientos fundamentales que aparecen cuando se va alguien significativo en nuestras vidas. Por un lado, la ausencia, el vacío que deja. Esa persona ya no está más sobre la Tierra y no volveremos a compartir tiempo con ella. Por el otro lado, su presencia espiritual, lo que dejó en nosotros y que vive en nuestro interior. A lo largo de su vida Wainfeld sembró en los que lo rodeaban semillas virtuosas y eso es lo que perdura después de su muerte.

Doble naturaleza

Todos los humanos somos a la vez labradores y tierra fértil. Como labradores, vivimos sembrando semillas en los demás, aunque no seamos concientes de ello. Pero a la vez nuestra mente es un terreno fértil que recibe semillas del mundo que nos rodea. Es importante ser concientes de lo que hacemos en esta doble función. Como labradores es importante preguntarnos qué semillas estamos sembrando. Como tierra fértil es importante preguntarnos qué semillas estamos dejando entrar y crecer en nuestra mente.

Desde el comienzo de la vida ese terreno fértil que es la mente recibe influencias muy diversas. Al principio, de la familia, luego de la escuela, los amigos, los medios de comunicación, la sociedad. Todo el tiempo estamos recibiendo semillas en nuestra mente. Y no todas ellas son virtuosas.

Como adultos responsables conviene ser concientes de cuáles semillas dejamos entrar a nuestra mente, y cuáles dejamos crecer y prosperar. Conviene ser selectivos a la hora de abrirnos a ciertas conversaciones, lecturas, programas de televisión.

Querramos o no, todo el tiempo estamos sembrando semillas. Como labradores conviene ser concientes de qué semillas estamos sembrando en los demás. Con nuestros pensamientos, palabras y acciones podemos sembrar seguridad, amor, alegría y otras emociones positivas y así de positivos serán los frutos que cosechemos. Por el contrario, podemos sembrar en los demás semillas de miedo, odio, envidia, egoísmo y así serán los frutos que cosechemos.

Mi única pertenencia

El último de los Cinco Recordatorios habla sobre esto. Cuando decimos «Mi única pertenencia son mis acciones» estamos diciendo que lo único que realmente poseemos es lo que sembramos. Creemos que somos dueños de lo que tomamos o acumulamos, por eso dedicamos tanto tiempo y energía en tener más. Pero en realidad solo somos dueños de lo que damos al mundo. Todo lo demás habremos de dejarlo aquí antes de irnos.

Esas semillas virtuosas o dañinas que esparcimos con nuestro pensamiento, palabra y acción son nuestro legado. Pero también esas semillas que sembramos habrán de marcar el rumbo de nuestro próximo renacimiento. Las acciones virtuosas o dañinas que realizamos ahora son como vientos que empujarán en un sentido o en otro el barco que nos lleva a la siguiente vida.

Cuando un ser amado se muere, podemos observar esas semillas virtuosas que sembró o que ayudó a nutrir en nosotros. Contemplar esto ayudará a mitigar el dolor de su ausencia.

¿Y qué pasa cuando la persona que murió sembró en nosotros semillas de sufrimiento? Podemos observarlas con plena conciencia para transformarlas en aprendizaje y fuerza interior, de la misma forma que la tierra transforma la basura en abono nutritivo.

Por eso es tan valiosa nuestra práctica. Cuando meditamos o hacemos taichi chuan o chi kung estamos entrenando la atención, estamos aprendiendo a ampliar la conciencia, esa lámpara que ilumina nuestra existencia. Cuando nuestra conciencia es pequeña actuamos de manera instintiva y compulsiva. Cuando nuestra conciencia crece, el área iluminada es cada vez mayor y nos damos cuenta de lo que estamos haciendo y del impacto de eso que estamos haciendo. Esto nos permite elegir concientemente qué clima queremos que predomine en nuestra mente, qué palabras vamos a decir y qué acciones vamos a ejecutar. Dejamos de ser hojas que son arrastradas caprichosamente por los vientos de la vida y empezamos a tomar la riendas del caballo que estamos montando.

Gracias por escuchar.


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